El deseo y la melancolía

saturno

Una de las primeras citas de la palabra melancolía nos remonta a hace más de 2300 años, el médico griego Hipócrates se refirió a ella como “una tristeza que dura demasiado”. La melancolía acompaña al hombre hasta perderse en la historia. No hay deseo sin tristeza y sin culpa.

Referirnos a la melancolía como una enfermedad -la depresión-, despersonaliza y elimina la subjetividad. Con frecuencia la persona acude a consulta pidiendo una cura para su depresión. La persona se des-responsabiliza de su dolor, al cual no le dota de sentido subjetivo, sino que pide ser curado pasivamente.

“La melancolía es el duelo del deseo”, decía Freud en el manuscrito G. “El deseo mueve montañas” reza la sabiduría popular. El deseo, desear, qué duda cabe, moviliza a la persona. Nuestro deseo es el deseo del otro, deseamos que otro nos desee, así seducimos y obtenemos  amor y reconocimiento, y nos alejamos de una soledad o aislamiento que puede devastarnos. Pero, ¿qué ocurre si nuestro deseo es conflictivo?. El deseo siempre es conflictivo, no obstante su no satisfacción, o su satisfacción problemática; el conflicto entre el deseo y la prohibición, entre la orden y su satisfacción; o el deseo no genuino sino alienado al deseo de otro, puede conducir a estados patológicos (el equilibrio sintomático se problematiza y la ansiedad brota). Por eso Freud hablaba de la melancolía como un duelo del deseo, la tristeza es una defensa frente a un conflicto con el deseo. Si nos deprimimos dejamos de desear.

Pero, ¿por qué decimos que no hay deseo sin tristeza y sin culpa?.

El ser humano tuvo que lidiar con la pérdida; fue, por así decirlo, expulsado del paraíso maternal. Tuvo que aceptar que no podía satisfacerse omnipotentemente, y eternamente, de su madre. La aceptación supone un duelo, una pérdida, que tiene que convertirse en falta, para poder desear de nuevo. Desear otra mujer u otro hombre, otros amores, otras cosas, otros objetivos, a partir de la huella de la pérdida original. Además, tuvo que aceptar la ley, las normas, y la culpa consecuente. Por eso no hay deseo sin renuncia, no hay deseo sin tristeza, no hay deseo sin culpa. Decía Flaubert, “la melancolía es un recuerdo que se ignora”.

El capitalismo actual nos vende la ilusión de que podemos eludir esa falta original. Podemos liberarnos del dolor del duelo tomando una pastilla, haciéndo yoga, con un libro de la felicidad o con una terapia. Esto nos hace débiles y perversos, pues no aceptamos la falta que todos tenemos, y tratamos de usar a los demás para satisfacernos y huir de un dolor no aceptado, ni expresado o canalizado. No se permite realizar el proceso de duelo, no se permite estar triste, y, por tanto, no se renueva el deseo y nos hastiamos. El consumismo hastía. Baudelaire hablaba del spleen de París, un hastío por exceso de satisfacción. Un hastío por haber matado el deseo y por no dejar que éste se renueve tras un proceso de duelo, contrición, reflexión, o reubicación.

La depresión está asociada a la pérdida, y la pérdida al duelo. El duelo puede ser motivado por una pérdida física, o una pérdida de valores, o cualquier pilar de sujeción que tuviera la persona. No hay depresión sin angustia ante esa pérdida y lo que significa para la persona.

Si el objeto del melancólico se eligió según un modelo de identificación narcisista, una relación parcial con su objeto de amor, esto es primitiva o ambivalente (se pasa del amor al rechazo, de la idealización al odio, no se ve a la persona de forma integrada, en su falibilidad), el duelo por la pérdida de esta relación será mucho más dificultoso. A la depresión se puede llegar no por debilidad, sino por agotamiento, porque toda persona tiene un límite de carga, por sucesivos duelos no curados, por duelos que no pueden realizarse, pues no siempre se puede “matar al muerto”. La culpa se vuelve contra el sujeto que hizo una identificación narcisista -como decía Freud en Duelo y melancolía, “una sombra recae sobre el yo”-, pues el Yo se ha identificado con el objeto, con esa persona y lo que representaba para él.

De la culpa autodestructiva, de la depresión, del Super-yo que se vuelve contra el Yo con extrema crueldad, nos podemos defender, a su vez, con la paranoia o la manía. Decía una persona con diagnóstico psicótico, “a veces es mejor sentirse perseguido que sentirse solo”.

Hablando de melancolía recuperamos la subjetividad de los dolores humanos. Saturno era el dios de la melancolía, el planeta más lejano al sol, el más oscuro, más lento; pero también el más creativo, por estar más cerca de dios. De las heridas brota luz y un trémolo de guitarra rabiosa, de amor y de odio, de lucidez sangrante. Los romanos identificaban a Saturno con el dios griego Kronos (el tiempo). Kronos lo tenía todo en la tierra, copulaba con su hermana Rea y devoraba a todos sus hijos , pues el tiempo arrasa con todo. Kronos no tenía falta, todo lo había devorado; no podía, por menos, que parársele el deseo y caer en la melancolía.

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